En un sitio al sur, en el continente con mayor biodiversidad del mundo, fui testigo presente de la historia entre seres que reinaron este planeta antes que nuestros padres y madres.A la orilla de un lago de matizados colores turquesas, yacían sublimados por el paso de los años un sin fin de troncos de robles gigantes, que cubiertos completamente por el agua, estaban tendidos en el fondo cerca de la orilla, para ser contemplados por aquel viajero que dotado de una embarcación marina pudiera acercarse con fortuna a aquel cementerio marino.
Aquel lugar –hoy hogar de peces y algas-, era el retrato triste de la muerte en su imagen, pero de una belleza plena en su contenido.
Aquel marco, destemporalizaba al navegante, que mirando por encima del agua, lo llevaba a vivir esa sensación de sentirse absorto como cuando uno esta delante de un espejo.
Este reflejo absorbía al viajero ah un mundo mágico, donde los años pasaban como minutos para el reloj humano y donde lo bello no esta dado por la innovación hedonista. Los robles, tendidos en el fondo, cobraban vida, en un espectáculo imaginativo de años de luchas entre ese centenar de plenitudes verdes que se extendían hacia el cielo, pero que por mal sino, compartían en su frontera, con el agua de aquel lago.
Era el agua al fin y al cabo, la que como leñador, actuó, golpe tras golpe; durante años y años, días y noches, socavando el espíritu de aquellos semi-Dioses -de cupulas verdes-, que por motivación desde los mas fondo de su ser, los lleva a encaramase en busca del tan anhelado cielo como meta. Su motivación estrepitosamente se vio truncada por aquellas lunas, que hacían subir la marea una y otra vez. Esas lunas finalmente, fueron las culpables de auspiciar lentamente la destrucción del sueño de aquellos robles, que tenían como meta tocar el olimpo.
Aun siento como una noche de otoño hace años atrás, incluso antes de mi venida al mundo, uno de aquellos Robles, inestabilizado por su fatal destino, golpeo estrepitosamente en el agua, mientras una bandada de peces y pájaros huían despavoridos… lentamente, tras flotar por un buen tiempo, aquel roble se hundió, para ser hoy en día una conmovedora imagen al sentimiento, muy poco accesible al ojo humano.

