Fue en una sublime explosión en el magma solar, que no duro mas allá de un parpadeo, donde la inmortalidad del Fénix se exintigio de la faz del universo…
Muchos saben sobre el ave Fénix, pero pocos son los que realmente conocen sobre el legado de su ser, y del simbolismo de su acción y desaparición para todos nosotros.
Este semi-Dios, que encanta por sus bellos colores derivados del fuego mismo, es fiel representante de la estética elevada a su máxima expresión en la tierra y en el eliseo. El Fénix posee la cualidad de la resurrección desde sus propias cenizas tras su muerte, lo que es milagroso para el ojo humano y tan solo una etapa de cambio en lo divino. Sin embargo, su desaparición, más que su resurrección, es lo que resulta inconmensurablemente conmovedor de su historia como relato.
El Fénix como algunos saben tenía su lugar en el olimpo, dentro del jardín de los cielos eternos y de caleidoscópicos calipsos, que en sus tonalidades se hacen incontables para la experiencia humana. El mismo Zeus, era un fanático admirador de la belleza y canto de esta ave, tanto así, que disponía para ella de un lugar privilegiado dentro de su campo de creaciones, a la que identificaba dentro del resto como la magnánima iluminación.
Su protagonismo ante la principal divinidad creadora, le permitía tener la libertad de volar donde el quisiera surcar por el infinito cielo. Fue así como desde su aparición, su ser estuvo en relación con el espíritu viajero. Valiéndose de sus alas, que maravillosamente tomaban los colores más vivos de la sangre, el sol y el fuego, arremolinaba el polvo estelar a cada aleteo, lo que le permitía cruzar por los más bastos universos y anversos. Tras largos viajes, cual trotamundo, se posaba en aquellas estrellas que mas le llamaban su atención, para desde esos lugres, cantar conmovedoras melodías que cruzaban el espacio sideral, conmoviendo a todas las criaturas vivas de la faz de lo inconocible. El fénix que surcaba por el espacio, era confundido muchas de las veces por los humanos, como aquellas estrellas fugaces que se extinguían durante las noches de los cielos eternos.
Su cantar era tan conmovedor, que era lo único; junto a la lira de Apolo, que lograba socavar el espíritu de entereza del mismo creador. Para nuestra experiencia humana, ese manjar solo puede ser aprehendido mediante nuestro inconciente, el cual guiado por sus tonos, que atravesaban todas las distancias siderales, articulaban la más bella sinfonía para lo humano –en lo microscópico-, aquella que comprende nuestra compleja madeja de redes neuronales, que permiten nuestro existir día tras día, algo de lo que nosotros no podemos tener control o conocimiento racional por nuestra percepción mundana.
En relación a lo humano, el Fénix sentía una especial atracción por la tierra, con la que se puso en contacto por medio de muchas culturas y durante muchos tiempos de la historia. Así fue como egipcios, griegos, mayas, aztecas, conocieron a esta magnánima creación. Por su grandeza fue en todas estas civilizaciones objeto de culto y admiración. Todos veneraron su cualidad de renacer de sus cenizas, silogismo puro de la vida eterna.
Los más bellos volcanes de la tierra eran el encanto del Fénix, que en éxtasis, bailaba dentro de sus cráteres junto a explosiones de magma volcánico. Le gustaba volar en conjunto con los estallidos del incandescente material que saltaba dentro de esa olla de calor y que explotaba a cada nuevo segundo haciendo erupciones de material particulado.
Sin embargo el fénix no solo se hizo cercano a lo humano producto de este vicio, sino mas bien, porque en lo mas intimo de su ser, era conmovido por una llama aun mas fuerte, aquella que brotaba de las mismas entrañas de la existencia en la tierra, y esta era la llama del amor. Esta llama era la que realmente fascinaba al Fénix, que tocado por su poder creador, lo llevaba a entonar las mas bellas canciones en su honor. Era así como surcando los cielos, como un águila en la altura, dirigía su mirada a esos pequeños seres que tenían dentro de sus corazones, la capacidad de encender esta chispa tan pequeña -pero a la vez poderosa- que una vez encendida por el amor, se tornaba inmensamente brillante e incandescente, transformando el alma de esos mortales en un retrato de vida y colores, que por lo conocido por este trotamundo era lo que mas lo conmovía su escencia vital...
PARTE I